Luego de mucho olvido, el AE apareció de nuevo.

Comenzó cuidándome hace tres semanas, luego de haberme doblado el tobillo en un partido de basket. Simplemente luego del partido tenía llamadas perdidas y mensajes suyos, en los cuales decía que quería verme. Como semanas antes [para variar] nuestros encuentros se vieron frustrados por cosas del destino y sobre todo, por su culpa.
Accedí a verlo luego de aclararle que no podía salir de mi casa. Tenía un esguince leve en el tobillo, mis papás se habían ido de viaje, tenía gripe, etc. Todos los males se habían puesto de acuerdo para atacarme al mismo momento. Y apareció él.
Llegó y al verme cojear mientras me acercaba a la puerta me dijo:
–Flaca, ¿qué te pasó?
–Flaca, ¿qué te pasó?
Le relaté mi desgracia sobre cómo con flamante estilo me doble el pie. Como las reglas eran que no podía entrar nadie mientras mis papás no estaban, le dije que nos quedaríamos en la cochera, en el primer piso, pero hacía frio, por lo que al final nos quedamos en el auto.
Hablamos hasta las dos de la mañana, la visita que había comenzado cerca de las nueve y treinta, se prolongó mientras nos quejábamos de nuestras vidas, de los estudios, de lesiones y terceros que no vienen al caso. Ese día fue lindo, fue ‘casi’ perfecto, pensé que como tantas veces, luego de eso desaparecería, que me había buscado porque se sentía mal, que todo quedaba ahí –como en el pasado– pero durante la semana luego de preguntarme cómo seguía [porque el campeonato en el que me lesione todavía duraba una semana más] y que haríamos el sábado próximo.
Sí, contra todo pronóstico lo volví a ver la semana siguiente, vino con un vino, y tras romper reglas, mías, de mi casa, del universo en general que me rodea, volví a pasar un fin de semana con él, y como siempre, con todo nuevo, todo fresco, todo tan completamente ilusorio como de costumbre, todo culminando con una idea de una canción de Ella Baila Sola “sólo ha sido la historia que se acaba cuando sale el sol y así es mejor” y quizás sobre todo lo último, así era mejor.
Luego de darlo por perdido el resto de la semana, me sorprendió con un mensaje el día viernes, y luego de una llamada, sí, también había posibilidades de verlo de nuevo el sábado. Desconfiando hasta el momento de verlo en persona, gracias a su tan personal hábito de no hacer lo que dice que hará sino todo lo contrario y sorprenderme justamente cuando no esperaba nada, nos encontramos en la casa de una amiga. Curiosamente éramos seis, de los cuales, las otras dos parejas eran enamorados. En fin, una situacion un tanto incomoda.
Luego de comer, abrir unas cervezas, ver una pelea rápida y el comienzo de una película malisima, los otros cuatro se fueron por su lado dejándonos solos de nuevo. El reto del día no era verlo, aunque quizás sí lo era, pero más que eso era ver como era el con gente, cómo era cuando no estabamos solos, al final me quedé con la misma conclusion de antes: No lo enteendía del todo, no me dejaba entenderlo.
Con tres semanas siendo todo un record de su presencia en mi vida, no sé qué pasará este sábado. No sé que esperar, pensar o creer. Casi pongo sentir, pero creo que mejor no. Puede que aparezca de nuevo a complicar todo un poco más, como puede que no sepa nada de él y –luego de renegar por eso- pueda volver a mi vida de siempre. El problema es que ahora no sé cuál de las dos cosas prefiero. Soy conciente de cómo es él, del suicidio emocional que significaría, pero es cuestión de elegir, ¿no?
Como me dijo un amigo hoy, cuando hay una dicotomía, es mejor dejarlo al azar y lanzar una moneda. Quizás lancé la moneda muy alto…








